Sonaba una meliflua melodía.
Era sobrecogimiento, era verdad, era luz, era el cielo y era Dios.
¿Dios? ¿Qué Dios?
¿Acaso para entrar en el nirvana, que es lo que pretendo, tienes que saludar al viejo
barbudo que en millones de ocasiones he blasfemado contra él? ¿Era necesario?
¿Y si cuando lo vea, no es Dios mismo sino Allah, o Buddha, o... nadie?
Un espejo, eso es lo que hay, un espejo. Y mi reflejo que culmina la inefable escena.
Y me miro, y me miro del espejo hacia fuera. Soy dos y soy una. ¿Qué significa esto?
Pudiera ser el sentido de la vida, ¿al final todos llegamos a uno mismo? ¿Yo soy Dios?
- No dudes, no es lugar de preguntas, es el sitio del ahora y de la eternidad. Dijo el reflejo.
Introduje la mano en el espejo y pude tocarme a mí misma, ya no era yo, era luz, y me expandía como mis propiedades indican.
Fui mil, fui millones, fui universo, soy universo.
Fui mil, fui millones, fui universo, soy universo.
La música dejó de sonar.
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