viernes, 25 de septiembre de 2015

Menkent

Eres la estrella que se me olvidó apagar cuando la noche acabó, 
el sol me pilló desprevenida y no pude ni quise dejarte morir. 
Y el día que debiste abandonar el mundo esa luz seguía perenne en mi propio Sistema Solar. 
Y así, aunque ahora estés navegando por la Osa Mayor o viajando por viajar,
veo tu haz reflejado en las paredes de mi casa, paredes que escucharon, vieron y sintieron. 
Sintieron escalofríos extraterrestres de magnitudes galácticas permanentes 
que recorrían los recodos de nuestros cuerpos viajando a la velocidad de la luz.
Perseguiré tu estela con la mirada cada vez que alce la vista, 
porque así a lo tonto aprendí de astronomía, que yo soy tu enana blanca y tu mi gigante naranja.
Y dejaré que pase el tiempo y mientras me hago la despistada como si no hubiera pasado nada.
Enseñaré a mi cuerpo a dormir sabiendo que andas balanceándote
por columpios invisibles entre celestes nebulosas,
que estás lejos de mi centro de gravedad, lejos de mi Vía Láctea.

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